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Estamos unas millas detrás, pero la educación puede (y debe) alcanzar a la tecnología
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16 de Febrero del 2021

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El año pasado fuimos testigos de la extremadamente alta penetración de las tecnologías digitales en nuestras vidas. Aún cuando las condiciones externas, generadas por la pandemia, nos exigieron aislarnos, reducir nuestra circulación y encuentros cara a cara, en todo el mundo las personas encontramos nuevos modos de seguir conectándonos, compartiendo, produciendo y también aprendiendo. Internet y las pantallas pasaron a ser, más que nunca, el foco de nuestra actividad.

Asistimos a lo que los especialistas han denominado la Cuarta Revolución Industrial, principalmente debido al impacto de la transformación digital en cada uno de los sectores productivos. Algunos han podido transformarse exitosamente, otros han cambiado su foco de negocio para poder sobrevivir, otros han dejado de existir. Hemos dejado de pensar en verticales únicos, para dar lugar a un mercado signado por la convergencia, la transversalidad y los procesos. Eso demanda habilidades, competencias y procesos distintos a los que las empresas buscaban hace veinte años. También el mundo necesita nuevas miradas para transformarlo.

Desde hace más de tres décadas que los sistemas educativos vienen apostando, en mayor o menor medida, a la incorporación de dispositivos, conectividad y nuevas propuestas para que las tecnologías potencien los procesos de enseñanza y de aprendizaje. Si observamos cómo las políticas digitales en educación han avanzado en los diferentes países, nos daremos cuenta de que no es suficiente con garantizar el acceso a equipamiento, o con capacitar a los docentes, sino que debemos generar un cambio cultural que implica romper con certezas que hoy ya no nos ofrecen las respuestas que necesitamos para construir un futuro más justo, inclusivo y sostenible.

Quienes nos desempeñamos en el ámbito educativo sabemos que estamos unas millas detrás, pero la educación puede (y debe) alcanzar a la tecnología. No para adaptarse, sino para transformarla; y de ese modo transformar el mundo. ¿Podemos hacerlo si seguimos comprendiendo al aprendizaje en función de la memorización y repetición? ¿O si seguimos evaluando a nuestros alumnos con instrumentos que no les permiten desarrollar su potencial de aprendizaje? ¿O si como docentes no nos corremos de la posición del saber para dar paso a la reflexión crítica que permita a nuestros alumnos dar sentido a sus aprendizajes?

Estas preguntas deben guiarnos en la exploración de tres grandes premisas

1)  Personalización académica: ¿cómo podemos pretender que nuestros alumnos estén motivados si poco de lo que enseñamos los interpela en su potencial? Hoy las tecnologías digitales nos permiten planificar recorridos y trayectos formativos diversificados para interpelar a nuestros alumnos de manera directa.

2)  Ciudadanía Digital: ¿cómo podemos ser libres en un mundo repleto de algoritmos? En estos tiempos es fundamental que los alumnos desarrollen capacidades digitales e incorporen conocimientos de programación y robótica para poder comprender lo que sucede a su alrededor. De este modo pueden ser capaces de actuar de manera consciente frente a las tecnologías disponibles, y también desarrollar las competencias para repensarlas, transformarlas o hackearlas.

3)  Pensamiento crítico: ¿pueden transformar si sólo repiten lo que no entienden? Un aspecto que debemos revisar con urgencia es la evaluación. Si seguimos apostando a un modelo memorístico, nos perderemos la posibilidad de acompañar a los niños y adolescentes en su potencial de creación, de transformación y de resolución de problemas.

Hoy más que nunca, los sistemas educativos y los actores que formamos parte de estos debemos estar a la altura de los desafíos del presente y del futuro. Para ello, debemos ser conscientes de que si algo debe cambiar es nuestro modo de comprender el mundo, que ya cambió y hace mucho. Debemos dejar de lado nuestras certezas para que la incertidumbre nos permita hacernos nuevas preguntas. De ese modo, y en conjunto, podremos generar las condiciones para que la educación no sólo sea un vehículo para transmitir la cultura sino para transformarla.


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